GÓMEZ BUENO

Gabriel Rodríguez, 2007.

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Lo Bello y Lo Triste.

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El trabajo de Gómez Bueno (Torrelavega, 1964) se puede inscribir en la línea de la vertiente

más compleja e irónica, con mayores implicaciones sociales, heredera del arte pop. Son obras

construidas como juegos a la vez inocentes y perversos, sin una distancia crítica manifiesta,

radicales y festivos, ambiguos y demoledores, de planteamientos complejos y transgresores. Si

convenimos que, en última instancia, lo que define socialmente al arte es su cotización,

podemos decir que Gómez Bueno ha afrontado directamente el problema cuando ha optado por

trabajar en la frontera que une y separa arte y mercado, en obras dedicadas a los mecanismos

publicitarios de promoción, al exhibicionismo más descarado y mitómano. Con un humor y una

ironía radicales, se mueve en la estrecha línea que separa una aparente veneración de la

sociedad de consumo, inconsciente y hedonista, y una postura crítica ácida, sin concesiones. Su

firma es un logotipo delineado son su nombre sobre el esquema de la calavera pirata. Gómez

Bueno actúa como un francotirador en un espacio de libertad, que se arrogara la capacidad

para la apropiación de cualquier icono, dedicado a indagar en los límites de la estructuración

social y en las posibilidades de su transgresión, en los límites de la alienación producida por los

media, la religión, el cine, la publicidad.

La forma de construir técnicamente la obra, coherentemente relacionada con esta curiosa

postura liminar, está próxima al acabado industrial de los grandes carteles murales de exterior

que anuncian las novedades cinematográficas, pero también al trabajo más tradicional de óleo

sobre lienzo, con exquisitos fundidos y delineados perfectos. En medio de un color plano,

podemos ver las marcas intencionadas que han dejado los grandes pinceles de extremo

cuadrado. Más que trazos de autor, son marcas que señalan la ambigüedad de un virtuosismo

imposible, inútilmente deseable.

En “La puerta de Dokodemo” (2003) Gómez Bueno da un curioso giro a la trayectoria de su

obra, por medio de la apertura a un contraplano interior. Es un gran lienzo compuesto por cinco

figuras repetidas, de verdes y morados sobrios, realizado con pinceladas magistrales. Han

desaparecido los letreros de imposición comunicativa asertiva, dejando la imagen desnuda con

su ambigüedad manifiesta. Frente a otras obras, si no más explícitas, con un mayor contenido

narrativo, como todas aquellas en las que el autor toma diversas personalidades narcisistas, de

estrella, líder religioso, candidato a presidente, promotor de surf, o director de películas, el

conjunto de obras que giran alrededor de “La puerta de Dokodemo”, en cambio, es mucho más

introspectivo, íntimo. Un ser clónico, solitario, repetido en espejos anamórficos, expresa una

perplejidad profunda, la indecisión, la incertidumbre, la confusión que le produce asomarse a la

puerta que se abre a la reproducción sin límite de un mundo informatizado, al juego que le

permite entrar en un universo de espejos deformados, de sentimientos y reacciones medidos,

multiplicados y, a pesar de su variabilidad, previsibles. Es una obra que se mantiene al mismo

alto nivel de ambigüedad, en trabajos anteriores sustentado sobre complejas relaciones de

contenidos festivamente irónicos, ahora planteado desde la propia polisemia de la imagen que

transmite su perplejidad al espectador, necesariamente activo, implicado.

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